El castillo de Rauch

A veces en medio del campo, rodeado de un antiguo monte que se divisa a kilómetros de distancia, aparece, como salido de un cuento, un viejo castillo mas o menos en ruinas que casi siempre tiene una historia que vale la pena contar. En este caso, supe de él al ver un cuadro que parecía mas el delirio imaginativo de quien lo pintó que la reproducción artística de un edificio real.

Sin embargo poco después, en la Casa de la Cultura de Rauch, encontré una magnífica maqueta de aquel extraño castillo que reproducía el cuadro. Me dijeron entonces que se trataba del casco de la estancia San Francisco, ubicado muy cerca de la estación Egaña y que originalmente había pertenecido a Eugenio Díaz Vélez, nieto del General Eustoquio Díaz Vélez, dueño de vastas extensiones de campo en los partidos de Rauch y Ayacucho en su estancia El Carmen.

 Don Eugenio de profesión arquitecto construyó este casco en lo que originalmente fuera un puesto de la estancia madre, llamado San Francisco y sufrió varias modificaciones y ampliaciones sin respetarse un estilo definido, entre 1918, año que comenzó la obra  y 1930, cuando Eugenio Díaz Vélez fallece en Buenos Aires y el castillo queda abandonado y la estancia solo poblada por los arrendatarios del campo y algún cuidador del singular edificio.

Recién en 1960, los descendientes del arquitecto logran que el Gobierno Nacional lo expropie y así comienza la depredación, que finalizó cuando en el castillo no quedó mas nada por llevarse. Los campos se vendieron a los arrendatarios o a mejores postores y el casco junto con el vasto jardín que lo circunda, fue primero destinado a la Dirección de Menores del Ministerio de Bienestar Social que fundó allí un reformatorio, con rejas y todo, para albergar a jóvenes con graves problemas sociales y hoy sus ruinas se encuentran bajo la custodia del Municipio de Rauch.

Una tarde salimos a buscar con un avión del aeroclub el castillo que había pertenecido a Eugenio Díaz Vélez y que sabíamos abandonado y en ruinas. Desde La estación Egaña busqué con la vista algún monte grande poblado de árboles de distintas especies, señal inequívoca de la ubicación del casco de alguna antigua estancia y lo encontré a unos tres kilómetros a orillas del arroyo Chapaleufú.

Sin embargo el monte era tan tupido que apenas pude fotografiarlo y ver desde allá arriba, poco y nada. Ubicado el lugar, un par de días después fui en mi fiel  Kangoo, recorriendo caminos vecinales poco transitados y encontré y recorrí las ruinas del famoso castillo de Díaz Vélez donde según la tradición, aún habitan los fantasmas del pago del Chapaleufú.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


  Pájaros sobre rieles

Entre 1915 y 1917 el Ferrocarril del Sud puso en servicio 20 locomotoras fabricadas por Beyer Peacock que aquí se clasificaron 12D y llevaban los números 3951 al 3970. Originalmente corrieron los trenes de pasajeros a Mar del Plata y luego entre Bahía Blanca y Neuquén y a Patagones y luego de la nacionalización hasta San Antonio Oeste. Al final de sus días, un par de ellas estaban en servicio en Empalme Lobos.

A mediados de los años 30, siguiendo la moda impuesta cada unidad recibió un nombre, en el caso

de esta serie sería el nombre de un pájaro de la fauna argentina, así sobre una placa de bronce con fondo rojo, a cada lado de la cabina, lucían respectivamente: Jilguero, Tordo, Churrinche, Chajá, Chorlito, Ruiseñor, Picaflor, Golondrina, Ñandú, Mirlo, Cóndor, Aguila, Flamenco, Martineta, Cardenal, Calandria, Gaviota, Zorzal, Garza y en el caso de la 3957 un nombre que desconozco.

fotos,  Arriba: 12D 3966 y personal jerárquico (colección Ferrowhite). Abajo: dos pájaros en Empalme Lobos.


   Salamone en Coronel Pringles

Un domingo a la mañana muy temprano, volviendo de Bahía Blanca por la ruta 51 y tras cruzar las sierras, una densa niebla me sorprende llegando a Coronel Pringles.

No vale la pena seguir, mejor busco un kiosco para comprar La Nueva Provincia y un bar en alguna esquina céntrica, para leer y hacer tiempo mientras se aclara el paisaje.

Alguien me orienta, el kiosco de la plaza, entre la iglesia y la municipalidad. Y allá voy caminando por un boulevard que me lleva directo a una imagen fantasmal, apenas visible como todas las casas a ambos lados de la avenida.

Es el edificio Municipal de Coronel Pringles, obra del polémico Francisco Salamote que en la segunda mitad de la década del treinta, dejó aquí como en tantas otras ciudades de la provincia, su impronta monumental, apreciada o desdeñada, pero que resulta imposible ignorar.

Días después, buscando en la web encontré una vieja postal del municipio recién construido y en la página del aeroclub local, una foto aérea donde en comparación con otros edificios se aprecia, igual que en Rauch y Laprida, la magnitud de la obra.   

 


   Antiguo camino a Tandil

Antes del asfalto existieron dos caminos de Tandil al norte, uno de ellos, pasando por la estancia "La Argentina" y luego siguiendo el cauce del arroyo Chapaleufú hacia Rauch.

El progreso ha desviado este antiguo camino en su tramo final entre la Ruta 30 y el ejido urbano, sin embargo la huella mas que centenaria aún 

se percibe desde el aire, en estoica porfía rumbo al centro de Tandil.
 

Viajamos en Kangoo

 

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