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Desde la
nostalgia...
La
niebla matinal que un sábado de invierno se despeja con desgano y
deja su lugar a una luminosa mañana; la sección local o la línea general en los años sesenta, una
estación cualquiera o un empalme y sobre un andén o a la vera de
los rieles, la cabina de señales.
La mayoría de los vidrios siempre opacados con pintura verdosa
para mitigar los rayos solares del estío y adentro una luz
mortecina sobre el libro, en una suerte de escritorio mínimo que
en algún cajón alberga, entre otras cosas, el RITO, los boletines
de servicio y el itinerario de trenes.
Leyendo la Crónica y tomando mate, a veces con el ruido de fondo
de una radio sonando bajita, el operador, en solitario,
controlaba el paso de los trenes otorgando vía libre, operando
cambios y señales, anotando puntillosamente en el libro de
registro y recibiendo cada tanto alguna orden de control o
informando novedades mediante un teléfono a magneto, componente de
la larga lista de elementos que configuraban su puesto de trabajo.
Las cabinas de señales eran al igual que la oficina de auxiliares
o del jefe de estaciones menores, mojones con presencia humana y
comunicación con el cerebro del ferrocarril, la oficina de
tráfico, en ese interminable mundo de pocos metros de ancho y mas
de cuarenta mil kilómetros de largo, llamado Ferrocarriles
Argentinos.
A veces, en el silencio propio de la inactividad, solo mitigado
por el canto de los pájaros entre los árboles cercanos o el
crujir de los rieles acomodando su dilatación, sonaba la
campanilla activada por el señalero de otra cabina inmediata,
pidiendo vía para un tren. Esto ponía en marcha un mecanismo que
comenzaba cuando el operador respondía el pedido de su colega,
activando el pulsador del Harper y casi siempre confirmando el
número del tren mediante el teléfono, para luego consignarlo en el
libro de registro. Luego tiraba la palanca de la señal de
avanzada, correspondiente al sentido de marcha de la formación y
como al pasar oteaba el horizonte por una de las ventanas
laterales, a través de un vidrio estratégicamente dejado sin
pintar, para confirmar que la señal operada había bajado
correctamente.
Cuando la campañilla volvía a reclamar su atención, advirtiéndole
que el tren entraba en sección, el señalero completaba el rito de
bajar las demás señales correspondientes y si el tren era un
general que pasaría a velocidad, bajaba también la señal de
distancia, aquella que se usaba para confirmar al personal de
conducción del tren, que toda la sección estaba libre.
La pasada del tren poblaba el lugar de un ruido ensordecedor, un
tren circulando a la pasada era la síntesis mas acabada de la
razón de ser de aquel mundo, en ese momento el hombre de la cabina
y la cabina en si, justificaban su existencia en aquel, a veces
desolado paraje del angosto mundo que los contenía.
Y cuando el tren se alejaba, el ruido se iba acallando, la tierra
encabritada volvía a descansar y el humo de la locomotora se
disipaba lentamente, tras pedir vía y confirmar el tren entrando
en sección a la cabina de adelante, el operario reponía señales y
volvía a anotar en el libro, esta vez que el tren Nº ... había
pasado a las .... horas, sin novedad e indiferente a ese otro
pequeño mundo de pasajeros y personal que él había permitido
seguir su marcha hacia otros destinos, volvía a sumergirse en sus
pensamientos simples o en la lectura interrumpida, siempre con el
marco sonoro del canto de los pájaros, el crujir de los rieles y a
veces, solo a veces el ruido bajito y compañero de una radio.
Fotos de arriba a abajo:
Ayacucho, Bolivar Sud, Bahía Blanca Sud, Bahía Blanca Noroeste y
Temperley. |
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