Un cuento de

Guillermo Italia

Sintió que se desvanecía, luchó con todas sus fuerzas para no caer, afirmó las manos en el borde frío del lavamanos, éste formaba parte del pasillo que comunicaba un vagón con el siguiente; el movimiento continuo del tren en marcha, la obligaban a tensionar y aflojar las piernas a cada instante para evitar perder el equilibrio. Al agacharse, el flujo renovador de sangre al cerebro, le dio la tranquilidad de que ya se estaba recuperando. Ahora más lúcida, un dolor fuerte por arriba de la oreja izquierda, le reveló que por alguna razón, tal vez algún movimiento brusco del vagón, hizo que se golpeara con el matafuegos amurado a la pared.

En el mismo instante notó que el borde metálico del lavamanos, estaba pincelado con rastros de sangre, instintivamente llevó la mano a la cabeza, al lugar de donde provenía el dolor, pero no había ningún corte, apenas un abultado pero inofensivo chichón. La marcha del tren apenas le permitió soltarse de la pileta y mirar la mano derecha. Justo a la mitad y por debajo del dedo índice, descubrió un corte profundo que aún sangraba a borbotones, tenía toda la apariencia de ser reciente, tal vez, pensó, mientras luchaba por no desvanecerse se cortó con algún borde filoso. El agua de la canilla salía con fuerza, como pudo se las arregló para limpiar todos los rastros de sangre, después dejó que el agua fría le bañara la herida; con la mano libre y en el instante que el continuo vaivén de la velocidad se lo permitió, tomó una toalla de papel y eso bastó para cortar la hemorragia.

Se miró al espejo, acomodó un poco el pelo rubio y lacio que apenas cubría la delgada cadenita que llevaba en el cuello y con cuidado para no mancharse, emprolijó el vestido, que era de una sola pieza, de una hechura muy liviana, apropiada para la estación calurosa, la falda caía por debajo de las rodillas, muy suelta con varios volados. Dos mangas que apenas sobrepasaban los hombros y un delicado cinturón, confeccionados con la misma tela, completaban la delicada y fina prenda. Su cuerpo delgado, armonizaba con un rostro bello de rasgos simpáticos, piadosos y muy dulces. Acompañó el movimiento de los ojos con rápidos y nerviosos ademanes, la mirada barrió toda la superficie húmeda del lavamanos, el piso y las paredes, pero no encontró ningún indicio que le revelara haber traído alguna cartera, bolso o monedero.

Solamente en el momento de tomar la decisión, de hacia qué lado del tren encaminarse, se percató de la gravedad del golpe. No sabía si tenía que dirigirse en el mismo sentido en que marchaba el tren o volver hacia atrás. Su corazón comenzó a latir con fuerzas, la invadió un sorpresivo y escalofriante temor. No era consciente ni siquiera de por qué razón estaba viajando en tren, sólo tenía presentes los últimos acontecimientos en el lavamanos; esto le ayudó a comprender su situación, sin dudas el golpe en la cabeza le hizo perder la memoria, y ahora se encontraba allí sola sin recordar su nombre y su pasado.

Intentó avanzar en el sentido que corría el tren, se encontró con un largo pasillo, flanqueado a un lado por ventanillas que iluminaban el lugar, una a continuación de la otra, en el lado opuesto, sólo puertas esmeradamente lustradas; tal vez por vergüenza le pareció que no sería buena idea llamar en alguna de ellas, todavía actuaba por el susto, quería encontrar a alguien y explicarle su desdichada situación, estaba aún en un estado de shock, al no ver a nadie en el pasillo, dio la vuelta y casi corriendo, cruzó nuevamente el lavamanos; al pasar la puerta, se encontró con el vagón de primera clase, vio a las personas cómodamente sentadas, algunas leyendo, otras dormitando o charlando, esto la tranquilizó, el sólo hecho de ver a otros significaba no estar sola, tenía a quienes recurrir, podían ayudarla. Esa pequeña isla de tranquilidad le permitió ordenar rápidamente sus pensamientos. Tenía las manos aferradas al marco de la puerta acompañando con su cuerpo los bruscos zarandeos del tren. Soltó las manos, giró y entró nuevamente, se apoyó en el borde frío de la pileta y analizó su situación, pensó que si no llevaba nada en sus manos es porque lo dejó con alguien de confianza, una amiga, un pariente, tal vez su esposo o hijos que estarían en alguna parte del tren. El lavamanos pertenecía al vagón de primera clase por lo que decidió comenzar a buscar allí y no en el de los camarotes.

Desenroscó la toalla de papel que tenía en el dedo, al ver que la herida ya no sangraba, la tiró en el recipiente de residuos. Comenzó a caminar lentamente por el pasillo, a medida que avanzaba iba alternando los brazos en los respaldos de los asientos para mantener el equilibrio. Con una actitud de forzada tranquilidad, por momentos se detenía y simulaba mirar por alguna de las ventanillas, como queriendo dar la oportunidad, a quien fuera que la acompañaba en el viaje, que la llamara o bien que algún gesto la delatara. Pensó que sería simple, pero al llegar al final del pasillo se esfumaron las esperanzas de que la reconocieran. Recordó que en uno de los asientos vacíos, al lado de una mujer de edad avanzada, había visto una cartera, su fe revivió, tal vez ése era su asiento y ésa su cartera, la cual había dejado al cuidado de la anciana y seguramente dentro de la misma encontraría todo lo necesario para descubrir su identidad.

Al llegar al lugar, con mucho respeto pidió permiso para sentarse, extendió el brazo en actitud de tomar la cartera pero con rapidez la anciana se adueñó de la misma y la colocó en su falda, aprisionándola con las manos. Era claro que ésa no era su cartera, ni ése su lugar, no obstante se sentó. Frente a ella había otras dos mujeres, las saludó con una sonrisa amistosa y continuó con su farsa facial de despreocupación. Qué haría ahora, pararse y gritar "señoras y señores su atención por favor, me golpeé la cabeza y perdí la memoria, alguno de Uds. sabe quien soy", tenía vergüenza, tal vez miedo o las dos cosas, decidió esperar, alguien tendría que venir a buscarla.

El tren aminoró la marcha y se detuvo, miró por la ventanilla: la estación se llamaba Olavarría, algunos pasajeros bajaron, se aseguró de que todos los que descendían la vieran, pero nadie vino a su encuentro. Luego el tren recuperó su salvaje zarandeo.

En la tranquilidad de su asiento comenzó a acomodarse la falda; al planchar la tela con sus manos, sintió sobre los muslos, el crujir de algo como si se tratara de papeles; nerviosamente rebuscó con los dedos hasta descubrir que la pollera tenía dos bolsillos; metió la mano en uno de ellos y sí, prolijamente doblado había un papel. Un papel en una situación normal, puede no tener ninguna importancia, pero éste que tenía en sus manos, en su actual miseria de recuerdos, podía ser la clave para revelar su pasado, o por lo menos darle algún indicio, lo desdobló y comprobó que se trataba de un boleto, seguramente era su boleto, no llevaba nombre pero si el destino, expiraba en Olavarría, comprendió que tendría que haberse bajado allí, pero ya era tarde. La idea de que algunos familiares hubieran estado esperándola la llenó de tristeza y mucha bronca, si se hubiera asomado al andén o algo por el estilo, pensó, tal vez la habrían reconocido. No obstante este incidente, la posibilidad de que alguien estaba al cuidado de su equipaje en alguna parte del tren, le daban la excusa para no mortificarse y seguir esperando, por lo menos hasta llegar a la próxima estación. En el otro bolsillo parecía que también había algo, metió la mano y sacó un papel, era una hoja pequeña, los ojales rotos revelaban que había sido arrancada de alguna agenda de esas que se utilizan para tomar notas rápidas. La escritura ocupaba cuatro renglones, y estaba redactada a manera de instrucciones, comenzó a leer línea por línea no quería perder ningún detalle, del primer renglón al tercero leyó:

Fotocopiar, listado de clientes

Retirar saco de la tintorería

Comprar boleto hasta Olavarría

El mensaje en la cuarta línea la llenó de espanto. Decía:

Matar a Víctor (bajar rápido en Laprida)

Pensó que la frase no tenía ningún sentido, si lo que estaba escrito en el papel era una especie de ayuda memoria, al tener el boleto para Olavarría, seguramente ya había cumplido también con las instrucciones uno y dos. Pero eso de matar a Víctor, no encajaba, y esto en cierto modo la tranquilizaba. De pronto como un espejismo recordó la escena en el lavamanos, la sangre y la herida cortante en uno de los dedos. Súbitamente palideció, se llenó de un profundo temor, miró a su alrededor temiendo que sus compañeros de viaje adivinaran los pensamientos, que ella misma aún no podía comprender. Comenzó a transpirar, había perdido la memoria pero no la capacidad de lógica y razonamiento. Y si en verdad ya había cumplido con la cuarta instrucción y en algún lugar del tren yacía desangrándose el cuerpo de Víctor. La instrucción de bajar rápido en Laprida, la confundía aun más.

---Señora, disculpe –le habló a su vecina de asiento mientras le tocaba respetuosamente el brazo– ¿cuándo llegaremos a Laprida?

---¿Laprida?—contestó la anciana—Pasamos por Laprida hace más de una hora, fue la estación anterior a Olavarría. Tendría que probar los salames que venden en el andén...

Era claro que la viejita quería charlar, pero ella la ignoró. Su temor iba en creciente aumento; si en verdad mató a Víctor, porque no descendió en Laprida según las indicaciones, quizás algo salió mal en el plan. Se esforzaba por recordar. Pensó que lo mejor sería llamar al guarda, explicarle lo sucedido y entregarse a la policía. Pero tenía mucho miedo. Trató de tranquilizarse. Tal vez todo era una confusión. Bajaría en la próxima estación y con un colectivo regresaría a Olavarría, allí encontraría la respuesta.

Los temores continuaron ocupando el primer acto de la escena, ¿por qué ella querría matar a un hombre?, no podía comprender: tal vez celos, extorsión, y... ¿quién era este Víctor?, cuanto más lo pensaba más se convencía de la posibilidad de ser una asesina.

Si escapaba, no podría vivir pensando que tal vez había matado a alguien, además ¿a dónde ir, a quién acudiría?.

Trató de analizar algunos detalles. Compró el boleto hasta Olavarría, pero la instrucción decía bajar rápido en Laprida, tal vez ésa era la coartada para que la policía la buscara en Olavarría y no en Laprida, eso le daría más tiempo para huir. Se dio cuenta que ya estaba pensando con la mente de un criminal. Se asustó más aún. Si en verdad había matado a un hombre, y el corte en el dedo fue hecho con el arma homicida, el cuerpo de Víctor aún estaría oculto ¿pero donde?. Tomó el boleto nuevamente y lo volvió a examinar detenidamente. Tenía varios números, pudo distinguir el precio, la fecha y de pronto la respuesta a todos los interrogantes, en el casillero correspondiente al número de asiento decía "Camarote 12". Por fin entendió todo, no quería que fuera realidad, pero fatídicamente lo era, parecía un sueño, una pesadilla. Todo su equipaje y sus pertenencias, estarían allí, junto al cadáver de Víctor en el camarote 12.

El tren comenzó a detenerse, la próxima estación sería la disyuntiva entre escapar o enfrentar el pasado; se levantó del asiento, el tren paró, su impulso fue bajar y huir, pero no tuvo el valor suficiente, con paso tembloroso cruzó el lavamanos y ya casi desfalleciente tomó el picaporte del camarote 12, sabía que encontraría un cadáver, su pasado y más tarde la cárcel y la agonía interminable del remordimiento.

Abrió la puerta lentamente y un grato olor a salame fresco, activó algo en los sensores de su cerebro, de pronto todo fue normal, recuperó la memoria y comenzó a llorar como una chiquilla, los sollozos se mezclaban con las risas inocentes.

Sobre la cama, la novela de misterio "Matar a Víctor", la compró apresuradamente en un escaparate de Laprida antes que el tren partiera, una amiga le había dicho que allí la vendían. Y sobre la mesita, un salame, que también adquirió allí y al costado, la filosa navaja con la que frustradamente quiso cortar una rodaja.

FIN